Las Barracas

En el año 1829, era tal la actividad de los depósitos de frutos del país en ambas orillas del río, que los viajeros ingleses se quedaron deslumbrados ante las enormes pilas de cueros que abarrotaban los galpones y los patios a la espera de ser embarcados.

Luego de la determinación de la Soberana Asamblea del año 13, que decretó la libertad de vientres, los negros libertos por voluntad de sus amos, y posteriormente los mulatos nacidos libres se ocuparon en las faenas de las barracas y de los saladeros. Su condición fue paralela a la de los blancos.

En Barracas al Sur, hubo un moreno famoso, ex peón de barracas, que poseyó una gran fracción de tierra sobre el Camino Real, a la altura de la Crucecita.

Los ingleses también ocuparon puestos en las barracas, como contratistas o arrendatarios de sitio en los galpones.

Llegaron a realizar hasta tareas de carga y descarga y trabajos de eslindaje en el pequeño muelle del Riachuelo, construido por el ingeniero inglés Bevans en la orilla norte, o en el portezuelo precario donde embarcábanse las barricas de tasajo, propiedad de Miller, en la orilla sur.

Las carretas de la campaña venidas desde el rumbo sur y oeste, amainaban en los potreros del Riachuelo, convertidos en plaza de frutos para efectuar las descargas de los productos vendidos, o vender los sobrantes en las barracas.

Cueros, lanas, astas, cerdos, plumas, eran los elementos del comercio barraqueril en los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX.

Los saladeros del Riachuelo. Saladeros en el área del Riachuelo. El francés Cambaceres. La revolución de los saladeristas. La industria del frío.

La traslación de algunos saladeros a la orilla derecha del riachuelo, cumplimentando el Decreto del Gobierno de la Provincia, la instalación de nuevas fábricas sumadas a las ya existentes en el paraje hicieron que éste se fuera transformando paulatinamente en un centro poblado, sobre todo en el nudo que formaban el puente de Barracas, antiguo de Gálvez, y los dos grandes caminos que arrancaban de su repecho sur: el llamado propiamente del sur o de Buenos Aires y Pampa – hoy Avenida Presidente Bartolomé Mitre- y el camino a las Lomas de Zamora y las Cañuelas – hoy Avenida Presidente Hipólito Yrigoyen- .

Posteriormente el núcleo poblador se fue extendiendo a lo largo del camino del sur, y sobre una serie de callejuelas y caminos de atajos formados arbitrariamente entre uno y otro establecimiento, o entre puntos importantes, que conservándose a través de los años fueron las primeras calles del pueblo de Barracas al Sud.

La formación del pueblo se debió a la labor y afincamiento del proletariado ganaderil, notoriamente desde 1822, y del cual se posee escasos datos. Guillermo Suffern anota que “las faenas de los saladeros con sus exigencias de brazos atraían una masa de pobladores que debían habitar en el establecimiento o en sus inmediaciones”.

Las fábricas de tasajo y más tarde las de productos derivados; cebos y grasas para iluminación, determinaron la formación de un “lumpen proletarial” de características bien definidas que jugó un importante papel en las contiendas políticas como elemento de acción, y contribuyó al acrecentamiento de aquella primitiva forma de industrialización.

Este bajo proletariado integrado en su mayoría por reseros, matarifes, desarrolladores, varaderos, peones de playa, carretilleros y carreros, alternaban sus jornadas con pulperos, traficantes de cueros robados, soldados desertores de los ejércitos, pordioseros, vagos y mal entretenidos en el escenario bárbaro del saladero y en el caldeado ambiente de las pulperías, proliferadas entre el rancherío que iba circundando los galpones y los bretes, y a la vera de los caminos intermedios que trazaron la conformación topográfica del casco antiguo de Avellaneda.

Las instalaciones de las fábricas eran entonces muy precarias; no existían reglas higiénicas de ningún orden, ni maquinarias, ni aparatos para facilitar la labor. Generalmente todo el establecimiento se componía de un potrero en el cual estaban los corrales para depositar las haciendas, los bretes donde se efectuaba la matanza, ejecutada ésta sobre la tierra, convertida en fangal de sangre permanente, algún galpón para salar y para guardar el producto, y las largas y malolientes hileras de varas horizontales donde se colgaban los trozos de carne a orear, llamadas varales, piletas de mampostería o de madera para la salmuera y alguna ramada para las caballerías. En esta primera época del saladero no existían desagües ni cercos que separaran la fábrica de las vías de tránsito. Junto a ella estaban los ranchos, y en cualquier esquina del vasto potrero la pulpería y la casa de juegos.

Las tareas eran tan primitivas y tan bárbaras como las relatara Alejandro Gillespie, el inglés venido a la provincia de Buenos Aires con la expedición de Beresford. Y no cambiarían hasta entrada la tercera década del siglo XIX, mediante la aplicación de métodos nuevos y de nuevos útiles y aparatos por el químico francés Antonio Cambaceres, quien se instaló en la zona como saladerista, y cuyo establecimiento fue el modelo que con más o menos inmediatez tomaron todos los otros industriales.

El saladero había traído a las cercanías de la ciudad a gentes con hábitos y costumbres de la campaña. Se estaba formando el ambiente de las orillas, tumultuario y espeso, explotado por los caudillejos corraleros.

Dentro de esa estructura social existía un proletariado diminuto en comparación, pero su existencia no podía ser ignorada. Un proletario desprotegido entregado al engranaje mercantilista del saladero.

No existía régimen de salarios de ninguna especie, y el único aval que certificaba el libre tránsito por la provincia era la papeleta de conchavo, papel que debía ser exhibido a cada instante si era en la ciudad o el estaqueadero si era en algún departamento de campaña, si aquel documento no existía. La vida del saladero era dura y amarga.

En el año 1830, el Gobierno de la Provincia, queriendo ordenar en su medida el funcionamiento de los saladeros, y acondicionar éstos dentro de cánones más o menos higiénicos, formó una comisión de personas conocedoras del problema, que en ningún momento se habían preocupado de solucionarlo en sus propios establecimientos, a los fines de que estudiaran la forma de solucionar la falta de aseo de las fábricas.

Montoya en su libro “Historia de los saladeros argentinos”, señala que “el remedio propuesto por los señores Faustino Lezica, José Twaites y Braulio Costa, a quienes se encomendó esa misión no respondió a mayores principios de profilaxis o higiene. Manifestaba la Comisión- sigue Montoya- que la experiencia demostraba que la fetidez se debía a la fermentación de la sangre esparcida en los lugares de matanza y que si bien creía que ese inconveniente podía vencerse lavando diariamente los pisos, consideraba que esta operación además de ser muy costosa por la necesidad de conseguir agua, resultaba imposible de llevarla a la práctica por la falta de brazos. No hallaban en consecuencia otra solución – concluye Montoya-, que la de obligar a mantener en los sitios de matanza alrededor de 100 cerdos, los que se alimentarían de los despojos de los animales sacrificados. Estimaba indispensable además, que cada saladero tuviera un depósito para guardar las osamentas y paletas las que, en el término a más tardar de dos o tres días, tendrán que ser quemadas a la hora de ponerse el sol”.

Este informe de una comisión de saladeristas, formada por el Gobierno para solucionar un problema de fundamental importancia no sólo para una industria alimenticia, sino para las personas encargadas de realizar sus tareas, nos muestra a las claras el estado de negligencia imperante entre los ricos propietarios de las fábricas de salar. Llamados a dar soluciones, explican lo que debería hacerse a partir de su informe –que a la postre es solamente que se obligue a criar cerdos, a quemar osamentas- sin siquiera indicar si antes lo habían hecho ellos por vías de ensayo o simplemente para mantener limpios sus establecimientos.

Algunos de los saladeristas construyeron zanjas de desagote, las que irremediablemente llevaron la dirección del Riachuelo; fue el río la cloaca natural de los saladeros, desde el paso de Burgos a la vuelta de Rocha, desde que se instaló junto a él el primer galpón.

Y no solo fueron a parar al río los orines y la sangre sino toda la basura de las fábricas.

En ese mismo año, 1830, era tal el estado de fetidez del río, que el Jefe de Policía remitió una nota al Gobierno, señalando el abuso que cometían los saladeristas arrojando al canal del Riachuelo los restos de los animales.

El Gobierno hizo publicar la nota en la “Gaceta Mercantil”, pero su única medida fue la de nombrar la Comisión encargada de expresar su parecer sobre el problema y solucionarlo; la solución fue fácil y beneficiosa: tener una piara de 100 cerdos en los saladeros, alimentándose de desechos, y quemar los huesos a la hora de la oración, cuando no pudiera molestar la matanza.

Tal solución por venir de personas competentes agradó al Gobierno.



SALADEROS EN EL ÁREA DEL RIACHUELO (1817-1871)

1. Balcarce
2. Zabaleta
3. Montero – Oliver Iamp
4. Irigoyen – Ochoa
5. Santa María y Llambi
6. Haedo – Anderson Weller y Cía del Rincón – Anderson
7. Jorge Dawdall
8. Carranza
9. Robles – Mackinlay – Herrera y Cobo – Cobo y Lavalle
10. Espeleta y Costa – Haedo – Anderson, Weller y Cía – Medrano y Soler – Medrano y Panthou – Silges y Ferrando – Cambaceres – Santa María y Llambi – Demaría y Ariza
11. Felipe Piñeiro
12. Perfum – Fabián Rozas – Castro
13. Frías – Anderson, Weller y Cía
14. Santa María y Llambi – Larrea – Armstrong y Saavedra – Sáenz Valiente – Cambaceres – Miller – Harrat y Wittfield – Mac Dougall – Dawdall y Lewis, Lezica Berisso, Herrera y Baudrix – Muñoa e Iraola – Landó – Rocca – Soler – Senillos
15. Capdevilla – Elortondo – Cambaceres



EL FRANCÉS CAMBACERES
En el año 1825 llega a Buenos Aires Antonio Cambaceres, joven y lleno de inquietudes. La forma de trabajar en los saladeros y sus instalaciones le causaron horror.

Venía contratado para estudiar la forma de elaborar eficientemente las carnes y utilizar los cebos y grasas con mayor rendimiento.

En 1830 Cambaceres se dispuso a instalar un saladero según los métodos de su maestro Chevreul en Francia.

Para ello adquirió un terreno no muy grande en las inmediaciones del Riachuelo y a pocos metros del camino real del sur y del puente Barracas, la antigua quinta de Baldovinos, en la cual montó sus galpones, playas y bretes.

Hizo construir zorras especiales para el transporte de las reses a los locales de faenamiento, y piletas para la sangre y grasas, sobre todo encaró la salazón metódica, por medio de procedimientos que le permitieron aprovechar hasta el máximo los subproductos que antes se desperdiciaban o se malvendían.

Fabricó velas con pabilo y acrecentó la producción del aceite de patas y de la grasa de los huesos, que se valorizaron alcanzando cifras desconocidas en el comercio.

Más tarde Cambaceres adquirió el saladero de Capdevila sobre el Riachuelo y algo alejado del centro del pueblo en formación aplicando en él los mismos métodos del anterior.

El triunfo del químico francés, puesto a fabricante de carnes saladas, movió a los otros saladeristas a imitarlo.

Pronto los saladeros existentes reformaron su estructura y otros comerciantes probaron suerte en el ramo.



LA REVOLUCIÓN DE LOS SALADERISTAS
El hecho trascendental que marca hasta dónde llegaba la influencia del general Rosas fue la llamada Revolución de los Restauradores, preparada por su esposa doña Encarnación Ezcurra mientras Rosas se encontraba en la campaña contra los indios que le reportaría el título de Héroe del Desierto. Esta revolución fue preparada por Encarnación Ezcurra y algunos fieles del régimen rosista, quienes asociaron como ejecutantes a grupos de hombres de los saladeros de Barracas y matarifes y abastecedores de los mataderos de la Ciudad.

Ernesto Quesada dice en su libro “La época de Rosas” que éste “fomentó las clases populares, su base eran los gauchos y los orilleros, es decir troperos, arreadores de hacienda, peones de estancia, carniceros, desolladores, corraleros”.

Esta nueva clase de las orillas, fue la vanguardia del rusismo y por ende el mecanismo ejecutor de la revolución primero y luego el mantenedor del “orden” a través de la Sociedad Popular Restauradora, cuyos directivos eran saladeristas y ganaderos.

Durante el gobierno de Balcarce grupos de gentes de las orillas luego de acusar al gobierno de inepto se proclamaron revolucionarios, y en partidas al mando de caudillos corraleros y comisarios seccionales, fielmente rosistas, se concentraron en el puente de Barracas, uniéndose a las gentes de los saladeros y depósitos de frutos junto a los cuales ya había hombres de la campaña.

Los generales Mariano Benito Rolón y Agustín de Pinedo tomaron el mando de esos hombres amotinados y resolvieron sitiar la Ciudad para lograr la renuncia del Gobernador y sus funcionarios.

Agustín de Pinedo era el jefe de uno de los regimientos acantonados en la ciudad, el Gobierno lo envió a tratar con los revolucionarios y en lugar de cumplir con las órdenes se unió al motín.
 
Mientras tanto el 5º y 6º escuadrón de Caballería Cívica, formadas con gente de la campaña y al mando del coronel Prudencio Rozas y el teniente coronel Fabián Rozas, residente este último en Barracas al Sur, toman por asalto la comandancia militar de Quilmes al mando del coronel Manuel Pueyrredón, y se apoderan de las armas existentes, con las que retornan a Barracas. El cuartel general revolucionario era la Pulpería de Cabo, sobre el camino real del sur.
 
Los revolucionarios que proclamaban jefe de la revolución al general de Pinedo resolvieron entrar en la Ciudad.
 
A poca distancia del puente de Barracas libraron un combate con tropas del gobierno, haciéndolas retirar. Balcarce finalmente renuncia bajo las amenazas de los amotinados que ya estaban en las calles de los barrios apartados.

Desde allí el general de Pinedo elevó una exposición de los hechos ocurridos desde el día 11 de octubre de 1833 a la Legislatura en que declaraba, según Saldías, “que habiendo agotado por su parte todos los medios de conciliación se veía obligado a tomar la defensiva”. Esta nota fue redactada el 24 de octubre por Gervasio Rozas en la chacra de Panelo, situada en las inmediaciones del paso de Burgos. El 7 de noviembre los restauradores entraron en la ciudad en perfecto orden.



LA FACTORIA DE LA PROVINCIA
Desde 1820 el villorio de Barracas al Sur, a la margen derecha del Riachuelo fue la factoría de la Provincia de Buenos Aires, convertida en una inmensa estancia por un reducido núcleo de estancieros.
 
El Riachuelo vía fluvial imprescindible para llegar a las balizas y al nudo de antiguas rutas criollas que desembocaban en el puente de Barracas, además de una porción de terrenos aptos para la radicación de una industrias rudimentaria hicieron propicio el afincamiento de los saladeros en la zona, los que a mediados del siglo XIX llegaron a una veintena.
 
Barracas al Sur, uno de los dos pueblos que integraban el vasto Partido de Quilmes, se convirtió en una factoría de la provincia estancia; de las doscientas veinticuatro mil toneladas de carnes saladas y casi trescientas mil toneladas de cebo exportadas según los registros del año 1848, un sesenta por ciento salió de las fábricas de Barracas al Sur.


Aparecen las graserías
La erradicación de los saladeros en el año 1871 trajo como consecuencia una fuerte  desocupación y la emigración de familias hacia otros puntos de la provincia.
 
Sin embargo comenzaron a plantarse en los galpones abandonados algunas graserías que permitieron mantener en cierto modo un nivel medio de actividad industrial.
 
Estas graserías eran establecimientos destinados al faenamiento de ganado ovino y caballar para extracción de grasa utilizada en la fabricación de jabón, velas y aceite de iluminación, comúnmente denominado aceite de pata.
 
Las graserías suplieron el vacío dejado por los saladeros desde 1871 hasta 1882, año en que comienza la radicación industrial de distintos rubros, en especial el de la industria del frío. Precisamente fe una grasería el origen del primer frigorífico instalado en Barracas al Sur.
 
Según los informes municipales entre 1878 y 1880 se instalaron en el Partido 8 graserías bajo el rubro de fábricas de cebo, junto a las ya existentes dieron un total de 14; 3 fábricas de jabón, 2 de charque, 1 de cola y un saladero de cueros.



NACE LA INDUSTRIA DEL FRÍO
Hacia el año 1869 la industria saladeril estaba en bancarrota. Dos causas fundamentales contribuían a ello: el cierre del importante mercado norteamericano de tasajo y el rechazo de las carnes argentinas en algunos países de Europa.
 
En 1876 se realizaron los primeros ensayos para la importación de reses frescas, conservadas por el método del sabio francés Tellier, que consistía en mantener las carnes en atmósfera fría y seca. En ese año en el vapor “Lé Frigorifique” se embarcaron 17.539 kilos de carne vacuna y 3.500 de carne ovina, bajo la dirección del mismo Tellier, quién equipó al vapor con dos máquinas de éter metílico de 40.000 frigorías cada uno.
 
El buque llegó al Río de la Plata con la  mercadería en perfectas condiciones. El acontecimiento conmocionó a un grupo de ganaderos progresistas asociados a la Sociedad Rural , la cual resolvió adquirir por medio de una suscripción entre sus socios, el ganado necesario para remitir un cargamento en el mismo buque con destino a Europa.
 
El nuevo sistema marcó la iniciación de una nueva época en la historia de la ganadería argentina. Comenzaba la edad del frigorífico.
 
El primer Frigorífico de Barracas al Sur
Fue Gastón Sansinena, propietario de una grasería, quién fundó el primer frigorífico de Barracas al Sur.
 
Considerando demasiado pequeño el terreno de la grasería, Sansinena decidió ocupar otro, para ello adquirió a los sucesores de Mariano Saavedra un saladero con sus terrenos e instalaciones para destinarlo a frigorífico.
 
El saladero adquirido por Sansinena era el antiguo de “ La Francesa ” con frente en la calle Pavón y  contrafrente al Riachuelo y lindando por uno de sus costados con los rieles del ferrocarril del Sur.
 
En 1885 la firma se transforma en Compañía Sansinena de Carnes Congeladas. El crecimiento del establecimiento obligó a la firma a ampliar sus instalaciones. En 1890 solicitó a la Municipalidad de Barracas al Sur el permiso necesario para construir un enorme galpón destinado a cámaras frigoríficas, cuartos de máquinas y de aislación.
 
A diez años de su instalación el frigorífico Sansinena, conocido como La Negra , evolucionaba a la par de la ya afianzada industria de las carnes conservadas. La situación del frigorífico fue en cierto modo privilegiada: al pie de Buenos Aires, con muelles propios, con desagües simples que daban al Riachuelo, el establecimiento tenía sobrados recursos para rendir buenos frutos. Pronto integraría un poderoso grupo frigorífico.
 
Corrían los primeros meses de 1900 cuando se inicia un nuevo período en la industria frigorífica,  Ricardo Ortiz en su “Historia Económica de la Argentina ” la llama “la etapa de la expansión del frigorífico o la primera etapa de la guerra de la carne”.
 
Debido a ello La Negra dejaría de ser el único frigorífico de Barracas al Sur. El 25 de mayo de 1901 se reunió el directorio de una empresa de estancieros para la fundación de un frigorífico que se llamó Argentino, y que se instaló en el pueblo de Alsina, junto al Riachuelo, en los terrenos del antiguo saladero de Anderson, y un año más tarde se constituyó con capitales argentinos la Societé Anonimé Des Viandes Congeleés que instaló, también sobre el Riachuelo, el frigorífico La Blanca.
 

El Mercado Central de Frutos

Hasta 1888 existían en Barracas al Sur cierto número de depósitos de lanas y cueros, los más importantes eran las barracas de Nieves y Aspiazú, la “Tacuarí”, y la de Antonio Cabo, en las inmediaciones del puente Barracas.

En ese año se inició la construcción de las grandes barracas con la instalación en el pueblo de una gran barraca de la firma Wenz y Compañía, atraída por la futura construcción del Mercado Central, la barraca de Weinz llevó el nombre de “América”.

El 10 de marzo de 1887 el Gobierno Nacional aprobó por Decreto la constitución de la Sociedad Mercado Central de Frutos. Nacía así la más grande barraca en la historia del comercio de los frutos del país en la Argentina.

Esta obra aplicada al comercio a gran escala estaba destinada a centralizar la producción en un solo sitio determinado, a pocos metros del Riachuelo.

Esa centralización se logró mediante la construcción de un vasto depósito y casa de ventas, ubicado en un sitio ideal, con enormes playas, con excelente sistema de cambios y desvíos, proyectado por ingenieros ferroviarios ingleses, que permitieron albergar continuamente cientos de vagones repletos, venidos de todos los rumbos, gracias a una serie de concesiones hechas a los ferrocarriles, entre los que primaron el de la Provincia, luego vendido a la Empresa Gran Oeste Argentino y al Gran Sur, regentes de todo el sistema transportista de la pampa húmeda y este último, poco más tarde, dueño de un considerable paquete de acciones de la empresa del Mercado.

En el año 1901 llega a su apogeo el comercio de frutos del país con la habilitación del Mercado Central de Frutos y la construcción de enormes galpones de barracas con prensas de enfardelaje y lavadero de lanas, anexos algunos a las barracas y a las fábricas textiles.

Se llegaba a la parte culminante del período lanero, que comenzó pasada la primera mitad del siglo XIX, cuando los telares mecánicos reclamaban el producto que debió ser enviado a los países europeos y a los Estados Unidos en cantidades cada vez más crecientes.

Cultura. Teatro Roma, el Colón del Sur


La cultura tiene que ver con el quehacer anónimo y cotidiano de la gente, pero también se encarna en nombres de instituciones y personas. Es el caso del Teatro Municipal Roma, sede de gran parte de la actividad cultural de Avellaneda.

Construido por iniciativa de la comunidad italiana en tan solo once meses, posee una cúpula decorada con frescos realizados por el pintor Antonio Epafani, entre los que se destacan varias irnagenes de Dante Alighieri y Luigi Pirandello.
 
El teatro abrió sus puertas el 1 de octubre de 1904, con una presentación estelar del memorable actor italiano Ermette Novelli, que interpretó “Papá Lebonar». Durante los años siguientes, hubo deslumbrantes presentaciones de destacados artistas nacionales y del mundo: el tenor Tito Schipa fascinó con “canzonetas” napolitanas y arias de óperas de Giuseppe Verdi y Giácomo Puccini y el bandoneonista Alejandro Barletta demostró que las fugas de Johann Sebastian Bach podían encarnarse en su fuelle.

Pero los ecos no son solo musicales. En el escenario se han presentado piezas teatrales de autores argentinos como Juan Carlos Gené, Roberto Arlt y Roberto Cossa, con obras de Moliére -seudónimo de Jean Baptiste Poquelin- y William Shakespeare, representadas por actrices de la talla de Angelina Pagano y Azucena Maizani. Incluso el maestro Pedro Palacios, más conocido como «Almafuerte”, leyó en público su famoso poema “El misionero».

Como el público no dejaba de multiplicarse, en 1925 se realizaron diversas ampliaciones, que estuvieron a cargo del ingeniero italiano Gustavo Coccerini y el constructor José Bouza. Pero fue con la remodelación de 1984 cuando la sala del “Roma» adquirió una acústica privilegiada y la capacidad de albergar a 500 personas.

En 1994, algunos artistas locales restauraron las imágenes y aprovecharon para expandir su inspiración al hall central, el foyer, el Salón Dorado y el Salón de los Encuentros. Debido a estas obras, el teatro cuenta con la infraestructura necesaria para desarrollar una labor de altísimo nivel. Su fama y prestigio trascienden los límites de Avellaneda.

No es para menos: los conciertos sinfónicos y corales, las sesiones de tango y jazz, los espectáculos de ballet y danza, las actuaciones teatrales y las representaciones infantiles reúnen, por año a más de 180.000 personas.

Educación. Una Historia de Pioneros. La Escuela Nº 1 «Nicolás Avellaneda”

El primer educador de la zona fue José Baca, un sacerdote que, hacia 18I2, enseñaba a leer y escribir en una casilla cedida por Nicolás Paduán, administrador del puente Gálvez. Siete años después, Antonio Ballester le prestó una habitación de su casa para continuar su labor pedagógica.
 
Pero fue recién en 1852 cuando la educación local empezó a organizarse. En julio de ese año las autoridades municipales dispusieron la creación de las tres primeras escuelas públicas del Partido de Barracas al Sud.
 
Al poco tiempo comenzaron a instalarse los establecimientos privados -en su mayoría ingleses- que no tardaron en superar en número a los estatales. Para revertir esa situación, en 1872 el secretario municipal Manuel Estévez gestionó la creación de varias escuelas. Así, entre 1873 y 1876, abrieron dos establecimientos de niñas y uno de varones, en las localidades de Dock Sud y Avellaneda.

En 1875, con la sanción de la Ley Provincial de Educación Común, comenzó a funcionar el Consejo Escolar, que en tan solo tres años impulsó el aumento de alumnos, de 370 a 700, en todo el Partido. Por esa época, el director general de Escuelas, Domingo F. Sarmiento, informaba que «a los padres de Barracas al Sud les interesa más ver a sus hijos trabajar, que estudiar».

Una de las iniciativas para superar este déficit nació en 1892, cuando la Compañía General de Fósforos acompañó la creación de una escuela nocturna, que funcionó en Mitre 543 hasta 1930.

Mas tarde, durante las primeras décadas del siglo XX, empezaron a instalarse nuevos y más grandes establecimientos. El 13 de junio de 1919, en Lavalle 517, abrió sus puertas la Escuela Normal Superior y, en 1935, la Escuela Nacional de Comercio «Dalmacio Vélez Sarsfield», la primera de este tipo en el Partido.
 
Para 1944, con 85 establecimientos y cerca de 40.000 alumnos, Avellaneda era uno de los distritos que contaba con mayor cantidad de escuelas. Por eso, no es de extrañar que, en 1955, la Universidad Tecnológica Nacional decidiera abrir allí una importante sede, que dio comienzo a los estudios superiores en el Partido.



La Escuela Nº 1 «Nicolás Avellaneda”














La historia del «Nicolás Avellaneda” se remonta a julio de 1852 cuando, por disposición de las autoridades municipales, abrieron sus puertas las dos primeras escuelas de Barracas al Sud (una de varones y otra de niñas). Ambas comenzaron a funcionar de forma provisoria en dos casas alquiladas: la primera en las cercanías del puente Barracas y la segunda, sobre la calle Ameghino.
 
El 4 de agosto de 1856, los dos establecimientos recibieron la visita del director general de Escuelas, Domingo Faustino Sarmiento, quien en aquella oportunidad designó al frente de la de varones a Jacinto Morena. Lo acompañaban algunos secretarios municipales, entre los que se destacaban Manuel Estévez y Francisco Portela.

La impresión que Sarmiento se llevó fue negativa, ya que en su informe de ese año señaló que «asisten a las escuelas de varones y de mujeres 99 niños, quedando sin educación más de 1.000».
 
Para poner remedio a esa situación, en 1864 la Municipalidad adquirió un terreno en Alsina y San Martín con vistas a construir un edificio más amplio que albergara a ambos establecimientos. Las obras se iniciaron a fines de ese año, poco después de que el gobernador Mariano Saavedra designara al arquitecto Miguel Barrabino para llevarlas a cabo.

Al principio, la construcción de la nueva escuela avanzó con rapidez. Pero hacia 1867 el presupuesto ya se había agotado. Ante la posibilidad de tener que suspender los trabajos, las autoridades municipales obtuvieron un crédito del Banco de la Provincia de Buenos Aires por 200.000 pesos.

De esta manera, en 1870 se inauguró la parte del edificio dedicada a la escuela de varones, donde estaba la primera biblioteca escolar del Partido. Cuatro anos mas tarde –con la obra aún sin terminar- comenzó a funcionar el sector de niñas, que contaba con una entrada independiente.

En reconocimiento a esta labor, las autoridades locales recibieron el apoyo de Sarmiento, quien en un informe escribió: «Debe hacerse honrosa mención a la Municipalidad de Barracas al Sud (entre otras) por la espontaneidad y exactitud con que llenaron y continúan llenando las prescripciones de la Ley de Educación Común».
 
En 1881, la Municipalidad numeró todas las escuelas del Partido; en esa oportunidad, la de varones recibió el N° 1 y la de niñas, el N° 2. Finalmente, el resto de las obras fue inaugurado el 16 de febrero de 1892. Aquel día, la ceremonia fue presidida por el entonces director general de Escuelas, Bernabé Lainez, quien bautizó con los nombres de «Bernardino Rivadavia» al establecimiento de varones y «Domingo F. Sarmiento», ala de niñas.

Pero fue en 1906, luego de la demolición de las paredes que separaban a los niños de sus compañeras, cuando paso a convertirse en mixto. Años mas tarde, en 1955, se mudó a su edificio actual, en avenida Mitre 750. Desde entonces funciona con el nombre de Escuela Nº 1 “Nicolás Avellaneda» y comparte sus instalaciones con una sede de la UTN.

Salud. Los Primeros Hospitales. Hospital Fiorito, un Centro Tradicional

Al igual que ocurre con la mayoría de los servicios públicos de Avellaneda, los primeros intentos por organizar la salud se realizaron en 1852. E1 4 de octubre de ese año, el juez de paz Martín José De la Serna solicitó el nombramiento del profesor en Cirugía y Medicina Baldomero Pampliega como médico policial. Sin embargo, la iniciativa fue rechazada y los vecinos tuvieron que seguir trasladándose hasta Barracas al Norte para recibir atención sanitaria.
 
Aún así, no pasó mucho tiempo hasta que Pampliega inauguró la primera botica de la zona, que funcionaba como centro de consultas. Poco después se sumó la de José A. Wilde, que duró cerca de veinte años.
 
Finalmente, el cargo de médico policial se creó el 12 de julio de 1860, debido a la enérgica insistencia de un grupo de vecinos. Años más tarde, entre 1867 y 1868, una epidemia de cólera dio lugar a la inauguración del primer lazareto de la zona.
 
Pero al poco tiempo, el desarrollo alcanzado se derrumbó. El establecimiento sanitario cerró sus puertas en 1868 y el médico policial ceso en sus funciones dos años después.
 
En 1871, las epidemias de fiebre amarilla y de viruela obligaron a las autoridades locales a extremar las precauciones. Fue entonces cuando se formó la Comisión Municipal de Higiene, presidida por el doctor Manuel Ocantos, y se inauguró un nuevo lazareto en el domicilio de la familia Casalins Pineiro.

El 15 de julio de 1885 fue creado el cargo de médico municipal, cuyo nombramiento recayó en el mismo Ocantos. Cuatro años después, llegó el doctor Manuel Beguiristain y, en 1890, Ocantos fue reemplazado por Abel Simonovich.

Pero durante las décadas siguientes, pese al esfuerzo de diversas comisiones vecinales y municipales, el Servicio sanitario no era el ideal. Fue necesario esperar hasta 1913, con la inauguración del Hospital “Pedro Fiorito», para contar con el primer centro asistencial de carácter permanente.
 
Así comenzó a formarse la actual estructura hospitalaria. En 1920, la Municipalidad creó una sala de primeros auxilios, que doce años más tarde se convertiría en el Hospital “Dr. Eduardo Wilde». En 1948, con la herencia de Enrique Finochietto -un destacado cirujano-, su hermano Ricardo organizó la Fundación «Enrique y Ricardo Finochietto», que impulsó el Hospital “Presidente Perón». En 1950, comenzó a funcionar el Hospital Materno Infantil y, en 1983, la Unión Obrera Metalúrgica de la Republica Argentina (UOM) habilitó el Sanatorio de Avellaneda. 
 


Hospital Fiorito, un Centro Tradicional
Poco más de diez anos habían pasado desde que el doctor Manuel Ocantos creó un lazareto, en 1871, hasta que el intendente Elías Aráus ordenó reemplazarlo por un hospital, el 30 de junio de 1882.

A pesar del bajo crecimiento poblacional del Partido, Aráus creó una Sociedad de Beneficencia y destino $ 20.000 de la época para acelerar las obras y adquirir materiales sanitarios. En octubre de ese año, un grupo de vecinos fundó la Comisión Pro-Hospital, destinada a obtener aportes a través de festivales, rifas y otras actividades sociales.

Para ello designó una Comisión Recaudadora de Fondos y otra de Señoras y Señoritas, que consiguieron donaciones por más de $10.000 en algo menos de un año. Sin embargo, en medio de discusiones entre la Municipalidad y las delegaciones vecinales, el proyecto naufragó y todas las comisiones fueron disueltas a principios de 1890.

En los años siguientes se realizaron nuevos intentos por parte de los vecinos y las autoridades locales con el objetivo de retomar la iniciativa, pero corrieron una suerte parecida a los anteriores. Recién en 1907, con la fundación de la Comisión Pro-Hospital presidida por el intendente Domingo Barceló, el proyecto cobró un nuevo impulso. Al año siguiente, el Concejo Deliberante aprobó la escrituración del terreno y, en 1909, se iniciaron las obras. Su construcción, presupuestada en $300.000, fue costeada íntegramente por los hermanos Fiorito.
 
A modo de agradecimiento, la Comisión propuso bautizar al hospital con el nombre de su padre, Pedro Fiorito, un conocido martillero de la zona. Finalmente, la inauguración se llevó a cabo en 1913. Por entonces, el diseño del Hospital constaba de dos cuerpos independientes, separados por las vías del Ferrocarril a Ensenada. En ellos funcionaban, entre otras prestaciones, un Servicio de Cirugía, una Sala de Observaciones, una farmacia y un Laboratorio de Análisis Químicos.
 
Con los años, el aumento de pacientes obligó a ampliar las instalaciones y a mejorar la calidad de los servicios. Así, en 1930 se levantó el ramal que pasaba por la propiedad y ambos sectores del edificio quedaron unidos. Tres años más tarde, la vecina Isabel Fiorito Bianchi dio el dinero para construir el Pabellón de Maternidad, por lo que fue bautizado con su nombre.

En 1944 se levantó el Pabellón «Aráoz”, que alberga la Clínica Quirúrgica y los Quirófanos Centrales y Periféricos. En 1956, en tiempos de una epidemia de poliomielitis, se inauguraron las prestaciones de Medicina Física y Rehabilitación. Entre 1963 y 1964, se sumaron los servicios de Alimentación y Pediatría y se levantó el Pabellón de Cardiología «Emilio Alonso”.

En una de sus últimas remodelaciones, realizada en 1999, el “Fiorito» se convirtió en el primer hospital en poseer una Cámara de Seguridad Biológica, por lo que está considerado como uno de los mas avanzados del país.

Diócesis de Avellaneda - Lanús

Santos patronos: Nuestra Señora de la Asunción (15 de agosto); Santa Teresa de Jesús (15 de octubre)

Catedral: Nuestra Señora de la Asunción. San Martín 705, 1870 AVELLANEDA, Buenos Aires, tel: (011) 4201-3079

Datos históricos
Creada el 10 de abril de 1961, con la bula "Cum Regnum Dei", de Juan XXIII, comprende en la provincia de Buenos Aires los partidos de Avellaneda y de Lanús.

Su primer obispo fue Mons. Emilio Antonio Di Pasquo, quien siendo obispo de San Luis, el 14 de junio de 1961 fue trasladado por Juan XXIII a la nueva sede de Avellaneda, de la que tomó posesión el 15 de agosto de ese año. Falleció el 9 de abril de 1962.

Le sucedió Mons. Jerónimo Podestá, designado por Juan XXIII el 27 de setiembre de 1962. Recibió la ordenación episcopal el 21 de diciembre de ese año y tomó posesión como segundo obispo de Avellaneda el 23 de diciembre de 1962. Renunció el 4 de diciembre de 1967.

A consecuencia de esa renuncia, el 4 de diciembre de 1967 Pablo VI nombró al obispo auxiliar de La Plata, Mons. Eduardo Francisco Pironio, como Administrador Apostólico de Avellaneda. En ese carácter gobernó la diócesis hasta el 5 de octubre de 1968, fecha en la que entregó el gobierno pastoral al nuevo obispo, Mons. Antonio Quarracino.

El tercer obispo diocesano de Avellaneda fue Mons. Antonio Quarracino, a quien Pablo VI trasladó de la sede episcopal de Nueve de Julio el 3 de agosto de 1968. Tomó posesión el 5 de octubre de ese mismo año y gobernó pastoralmente la diócesis hasta el 5 de abril de 1986, en que asumió la arquidiócesis de La Plata, a la que fue promovido por Juan Pablo II.

Cuarto obispo de Avellaneda fue Mons. Rubén Héctor Di Monte, quien siendo obispo auxiliar de esta misma sede Juan Pablo II lo designó obispo diocesano el 4 de abril de 1986. Tomó posesión el 1º de mayo siguiente. El 7 de marzo de 2000 el mismo Pontífice lo promovió a la arquidiócesis de Mercedes-Luján.

Producida la vacante y al tomar Mons. Di Monte posesión de su nueva sede, el Colegio de Consultores eligió Administrador Diocesano al Rvdo. Mons. Roberto Marcial Toledo.

El quinto obispo es el actual, Mons. Rubén Oscar Frassia, a quien Juan Pablo II trasladó de la sede diocesana de San Carlos de Bariloche el 25 de noviembre de 2000. Tomó posesión el 3 de marzo de 2001.

El 24 de abril de 2001, Juan Pablo II unió a la diócesis de Avellaneda el partido de Lanús, desmembrado de la diócesis de Lomas de Zamora, creando la diócesis de Avellaneda-Lanús. La nueva circunscripción eclesiástica comprende el territorio que tuvo el antiguo Partido de Barracas al Sud desde 1865.



Catedral de Avellaneda Lanús
Desde el 1º de mayo de 1984, Avellaneda cuenta con una de las catedrales más modernas, funcionales y arquitectónicamente renovadoras de nuestro país. Con su diseño irregular, su imponente altar de mármol de Carrara, sus imágenes sacras y la distintiva cruz de 8,40 metros que corona su entrada, el templo es uno de los íconos del partido de Avellaneda.

La Catedral que hoy tenemos es producto de una larga e intrincada historia, en la que los cuantiosos problemas edilicios que afectaron a su antecesora quedan eclipsados por el fervor religioso del pueblo de Avellaneda, que supo sobreponerse a todas las vicisitudes. Hagamos un poco de historia.


Origen
Los futuros pueblos de Lomas de Zamora y Barracas al Sur comenzaron a crecer simultáneamente después de 1810. Formaban geográficamente con Quilmes los vértices de un triángulo casi equilátero. Eran las tres más grandes poblaciones del partido de Quilmes (alrededor de 200 personas cada una en 1820)

Tanto Lomas como Barracas pasaban largo tiempo sin estar comunicadas con Quilmes, porque las crecidas del Arroyo Santo Domingo impedían el paso. Por eso ambas tuvieron el mismo deseo: separarse de Quilmes y formar otro partido. Barracas al Sur lo logró en 1852 y Lomas nueve años después.

La primera capilla que tuvo Barracas al Sur estaba cerca del puente Gálvez (hoy J. J. Podestá y Carlos Pellegrini) y era atendida por el Padre Julio Baca. Fue instalada en la casa de que había sido de Juan Gutiérrez Gálvez después de 1810, pero siete años después ya estaba muy deteriorada. Las parroquias más cercanas, como San Pedro Telmo, Santa Lucía y Exaltación de la Cruz de Quilmes (de la que se dependía), quedaban lejos.


La “capilla del italiano”
En 1817, el panadero y pulpero de origen itálico Don Nicolás Paduán construyó una capilla en terrenos de su propiedad (hoy Av. Mitre 949 y 955). Los habitantes con los que contaba el pueblo en aquél entonces (mayormente trabajadores de un saladero instalado en la ribera del Riachuelo y algunos comerciantes) convirtieron rápidamente a “la capilla del italiano” –denominación con la que se conocía el templo- en el epicentro del culto religioso local.

Tiempo después, Paduán quebró en sus negocios y se vio obligado a vender sus tierras, pasando éstas por sucesivos propietarios hasta quedar en manos del teniente coronel Fabián Rozas. Éste –militar, saladero, pariente del “Restaurador de las Leyes”- reconstruyó la capilla y en 1835 solicitó permiso al Obispado para instalar en ella un oratorio público.

El permiso fue concedido al año siguiente, pero recién en 1839 un Fiscal Eclesiástico verificó las reparaciones hechas en el edificio (del cual según Rozas “no existía sino las paredes”) y señaló que tenía “campana, entrada y salida pública y está decentemente adornada y con los elementos precisos para celebrar el santo sacrificio de la misa”. Finalmente, el 8 de agosto de ese año, la capilla fue reinaugurada bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario.

Cuando en 1832 se creó el partido de Barracas al Sur, el distrito siguió dependiendo del Curato de la Exaltación de la Cruz de los Quilmes, hasta que dos años más tarde, el 13 de enero de 1854, el Obispado de Buenos Aires crea el Curato del Tránsito o Asunción de la Virgen Santísima. Entonces, la que fuera la “capilla del italiano”, que atendía el Padre José de Lara, fue designada sede parroquial aunque sólo provisoriamente, “hasta tanto se construya otra con la comodidad y la decencia correspondiente al Culto Divino y a la Administración de los Santos Sacramentos”, según expresaron en su momento las autoridades eclesiásticas. La capilla cumplió con dignidad su función de templo parroquial, aunque era pequeña para un pueblo de cinco mil habitantes. Así fue como se puso en marcha la edificación de la que llegaría a ser la Catedral de Avellaneda.


La antigua Catedral

En 1857 la Municipalidad de Barracas al Sur resolvió la construcción del templo parroquial. El 1º de julio encomienda urgentemente al arquitecto Felipe Senillosa el proyecto, la dirección y el presupuesto de la obra. Pero Senillosa muere el 20 de abril de 1828. El vacío es cubierto por su colega Miguel Barabino, quien dirigió la obra sobre el proyecto de Senillosa.

El presupuesto asignado, de acuerdo a crónicas de la época, oscilaba los 350 mil pesos. Unos lo consideraban excesivo; otros lo estimaron adecuado, como un comentarista de aquellos tiempos que señalaba: “no es caro si se considera que la arquitectura está proyectada de acuerdo con el gusto italianizante, colmada de ornamentaciones, pilastras, balaustradas, ménsulas y cornisamentos”. Parte de los fondos provinieron de una partida de la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires, pero en su gran mayoría fueron recaudados por colecta popular.

La construcción se inició en octubre de 1858. El 28 de agosto de 1859 asumió como párroco el P. Domingo Alemán. El 18 de marzo de 1860 fue bendecida e inaugurada la nueva Iglesia Parroquial, aún con la nave lateral, que daba al sur, inconclusa, la nave norte terminada a medias, una torre levantada sin cúpula y la otra recién comenzada, sin revoques y sin imagen, ya que esta se adquirió recién en 1866. Las primeras Fiestas Patronales bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción se celebraron en 1862.

No transcurrió mucho tiempo hasta que comenzaron a evidenciarse sus problemas estructurales. Las causas: el asentamiento de la construcción sobre el terreno y la calidad de los materiales empleados (una descripción de la obra menciona “un sólido edificio de paredes exteriores soldadas con argamasa de cal e interiores de barro”).

Con el cambio de siglo llegaron las primeras reformas: entre 1904 y 1913 se modificó el frente, se levaron las torres, se amplió la nave central, se erigió una nueva bóveda y se reconstruyeron el piso, la sacristía, el baptisterio y el despacho parroquial. Estudios posteriores demostraron que estas refacciones, en realidad, agravaron los problemas edilicios de la Iglesia parroquial.

Otro hito fundamental de su historia es la creación, en 1961, la de Diócesis de Avellaneda. En este momento fue designada oficialmente como Catedral y albergó al primero obispo, Monseñor Emilio di Pasquo. En esos años, el deterioro alcanzó niveles preocupantes: la humedad carcomía las paredes, los revoques se caían y las primeras grietas asomaron.


La clausura y demolición
Una inspección municipal al templo, realizada en 1966, detectó “señales que aconsejan la necesidad de cerrarlo; parte de los cimientos han cedido y las dos torres, así como la fachada, manifiestan inestabilidad. Las causas serán la antigüedad propia del edificio y la constante trepidación de automotores por la Avenida Mitre. Y la próxima construcción de un edificio de varios pisos en San Martín y Lavalle, estimándose que los golpes del martillo mecánico que introducirá los pilotes provocará vibraciones de consecuencias imprevisibles para la Catedral”. Atento a estas consideraciones técnicas, Monseñor Jerónimo Podestá, obispo de la diócesis en aquél momento, dictaminó su clausura.

El 11 de junio de 1967 se realizó la última misa, en la cual Monseñor Podestá expresó: “pienso que rehacer completamente este templo costaría mucho, en un momento en que grandes sectores de nuestra población padecen necesidades, por lo cual convendría ahora arreglar este templo esperando tiempos mejores”. Sin embargo una serie de estudios aconsejaban demolerlo “en consideración a su precaria estabilidad” y “el excesivo costo de las reparaciones”. El cierre habría de ser definitivo.

La demolición de la antigua catedral de Avellaneda comenzó el 9 de abril de 1971, y sus elementos religiosos fueron subastados públicamente


El nuevo templo
La construcción de la nueva catedral recién comenzó en 1979, cuando ya era obispo de Avellaneda Mons. Antonio Quarracino y su obispo auxiliar, Mons. Rubén Di Monte estaba a cargo de la diócesis, las obras se prolongaron hasta 1984. Finalmente, el 1º de mayo de ese año, festividad de San José Obrero, la nueva Catedral quedó inaugurada.

En esta oportunidad, a diferencia de lo que había sucedido con el primer templo, los materiales fueron elegidos para mantenerse en el tiempo: cemento, ladrillo, granito Sierra Chica, mármol de Carrara, carpintería metálica de acero inoxidable, puertas, bancos y cielorraso de viraró paraguayo, lajas de San Luis, pino Brasil y cobre en el techo.

La confección de las obras de arte que ornamentan la Catedral fue adjudicada por concurso internacional, al que se presentaron destacados artistas de Argentina, Perú e Italia. El Cristo central, lo mismo que la imagen de Nuestra Señora de la Asunción, fueron realizados por Ernesto Murillo y Diego Curuchet, mientras que la representación de Nuestra Señora de Luján fue especialmente hecha por el orfebre Juan Carlos Pallarols. El bordado de su manto es obra de las Hermanas Benedictinas de Santa Escolástica de Victoria, quienes también hicieron el frente del sagrario.

En la Capilla del Santísimo Sacramento hay una talla de la Resurrección realizada por el escultor Ricardo E. Longhini; en el espacio interior debajo de esa talla se encuentran las cenizas de dos párrocos de esta Parroquia: el Pbro. Enrique Levantini (fallecido en 1907) y Mons. Bartolomé Ayrolo (fallecido en 1943). En la misma capilla se encuentra una imagen del Sagrado Corazón tallada en madera por el escultor Omar Estela.

En la parte trasera del templo existen seis tumbas, en las que se encuentran sepultados: el primer obispo de Avellaneda, Mons. Emilio Antonio di Pasquo (fallecido en 1961), y Mons. Francisco Tumini (fallecido en 1988, durante muchos años párroco de la Asunción)

En los nichos del altar se encuentran imágenes talladas en madera de San José, San Pedro, San Pablo y Santa Teresa de Jesús. Los vitrales, bendecidos el 20 de diciembre de 2000, según una idea de Guillermo Buitrago y ejecución de Antonio J Estruch, representan seis de los siete sacramentos y la coronación de la Virgen en el Cielo, en tanto que la fuente bautismal –uno de los pocos elementos que se conservan del antiguo templo- expresa el primero de los sacramentos.

En la medianera sur han sido restaurados seis arcos de la antigua Catedral; los tres primeros recubiertos de ladrillos rojos y los tres últimos con mayólicas que representan el pasado y el presente de Avellaneda.

Cada domingo, y más aún cada celebración de las Fiestas Patronales, el pueblo de Avellaneda colma la nueva Catedral. Pese a la inevitable nostalgia por el antiguo templo que invade a quienes ya peinan canas, no hay dudas de que esta es la casa que María se merece.